domingo, 21 de marzo de 2010

¡Archivo Histórico de Catedral en peligro!

VITAL. “No creo que haya aquí una institución que tenga documentos tan antiguos. Este archivo es del material eclesiástico que guarda la historia de la Iglesia dominicana y del país. Lo que hay aquí no existe en otro lugar” (Sáez)
Escrito por: ÁNGELA PEÑA (a.pena@hoy.com.do)

El Archivo de la Catedral es el más antiguo de la isla. Guarda documentos que no existen en otras partes del mundo y pueden ser catalogados de patrimonio de la humanidad. Sin embargo, desde hace dos años este acervo se está convirtiendo en polvo. El estado de abandono en que se encuentra en estos momentos, colocado en un espacio provisional, comenzó con los trabajos que se llevaron a cabo para instalar acondicionadores de aire y nuevas ventanas en el área en que debe permanecer. El aspecto del lugar es desolador, con valiosos papeles arrumbados, en contacto con la humedad, expuestos a la lluvia y mezclados con diversos desechos.

Toda esa riqueza que asombró a reputados historiadores por lo invaluable que representan sus correspondencias, notas autobiográficas, actas y comunicaciones memorables, es hoy lugar del abandono y la paralización desde que se iniciaron unos trabajos para cambiar ventanas e instalar acondicionadores de aire y nuevo alumbrado.

Apearon un techo artesonado de 1905 y se produjo una lluvia de yeso de un plafón cuya existencia desconocían, explica el padre José Luis Sáez, consagrado estudioso de la vida eclesiástica nacional, director de la institución por cuyo desastre debió abandonar. Retornó cuando le habilitaron una oficina en la primera planta, por lo que vive cargando pesados expedientes y colecciones. No cuenta con personal auxiliar.

Los fondos de este “océano de papeles donde palpitan los recuerdos de arzobispos, vicarios, delegados, administradores y subdelegados que han tenido en sus manos el gobierno de la Arquidiócesis”, andan dispersos, arrumbados en otras áreas a las que fueron arrastrados para dar paso a las obras ahora detenidas.

El escenario es desolador: muebles antiquísimos, labrados en fina caoba, amontonados y salpicados por el agua que entra por las ventanas cuando llueve, cajas humedecidas, plumas y deshechos de palomas que se cuelan por las rendijas, listones rodando, alambres sueltos y archivos de metal y ficheros de madera confundidos en otros salones con esculturas e imágenes de santos, óleos de obispos y pertenencias de prelados también amontonados para alojar este patrimonio único.

Del añoso techo sobresalen humedad y cables que cuelgan peligrosos. Todo el ambiente constituye un cuadro decepcionante. “El aire acondicionado se instaló pero ni llegaron a ponerlo a funcionar”, manifiesta Sáez, nadando en aquel mar de dejadez e incuria. “Todavía no sabemos quién dio la orden de quitar el artesonado del techo, que era precioso”, agregó.

Decidió trasladar al despacho provisional que le asignaron recientemente los documentos más antiguos. “Algunos no muy voluminosos están en gavetas de metal, pero nos dijeron asesores del Archivo General de la Nación que para dejarlos ahí, es mejor botarlos, pues tiene que darles el aire”, significaron. Estos dos organismos firmaron un convenio de colaboración, ya que algunos de estos históricos testimonios son prácticamente trizas, pero salvables.

La vida del país. “No creo que haya aquí una institución que tenga documentos tan antiguos. Este archivo es el de materia eclesiástico que guarda la historia de la Iglesia dominicana y del país. Lo que hay aquí no existe en otro lugar”, destacó Sáez.

Por esos medios puede apreciarse el pasado político, religioso, social, cultural, económico de Santo Domingo, pues no sólo son confirmaciones y otros sacramentos sino expedientes personales de párrocos, sacerdotes de base, aspirantes a curas, miembros del alto clero, cartas pastorales, informes, denuncias, correspondencia oficial de los obispos con los clérigos o parroquias y con los gobiernos. Hay dos valiosos “Libros copiadores” para adentrarse en los contundentes contenidos de las misivas, invaluable acopio que ha servido para auxiliar a pueblos que perdieron sus registros por incendios o guerras, pues aquí se recibían copias de sus asientos.

En 1945, deslumbrado por el abundante caudal que es este haber, Vetilio Alfau Durán publicó un artículo, especie de inventario, en que detalla la trascendencia de cartas como la de Meriño denunciando el allanamiento al Palacio Arzobispal; de Nouel cuando el Ejecutivo, contra todo derecho, se opuso a la erección del mausoleo de Meriño; de Portes anunciando el suceso de la Independencia; de Meriño participando que la nueva provincia española le dio 48 horas para abandonar el país, o de Monzón esclareciendo la verdad de la anexión y condenando la política de los capitanes generales. Y así de Gaspar Hernández, Portillo, Beras, Polanco, todos.

Comentarios sobre el divorcio, los crímenes de la ocupación norteamericana de 1916, las actas bautismales de Duarte, Sánchez y Mella y las de sus padres y abuelos así como de los trinitarios, están en su trabajo al igual que pormenores de las epidemias que se desprenden de las defunciones. También los matrimonios de Sánchez y Mella llamaron la atención de este distinguido cronista que visitaba a diario esta inapreciable fuente.

Allí se encuentra el destierro a la frontera de los “Testigos de Jehová” y la persecución a los protestantes que, aunque atribuidos a Trujillo, al parecer lideraba monseñor Pittini. También dispensas a primos para casarse. “Había sacerdotes muy cuidadosos, sobre todo cuando no estaba claro el parentesco. Hay matrimonios muy precisos, hasta dibujan el árbol genealógico para demostrar que en realidad son familia, y hasta qué grado”, explicó Sáez. Históricos obispos firman y declaran en estos documentos que comenzaron a escribirse en la segunda mitad del siglo XVI y que hoy ruedan desordenados.

Santa Bárbara, El Seibo, Hincha, Higüey, Baní, San Carlos, Los Minas, Los Alcarrizos, Bayaguana, Guerra, Yamasá, todo el territorio están ahí representado en sus fieles porque antes de 1953 todo acontecimiento religioso se inscribía en la Catedral. Beras encomendó la encuadernación. Catalogación y clasificación iniciales fueron obra del español Rodríguez Guerra, que preparó un índice. Polanco Brito, siendo presbítero, dio continuidad a la organización de este tesoro que contiene además cuantiosas fotografías y antiguos boletines.

Cuando Sáez asumió la dirección, a finales de los 90, preparó el inventario. “Decidí abrir el Archivo al público para que viniera a consultar. Pero ahora tengo que esperar que esto se arregle, pues constantemente debo estar subiendo y bajando”.

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